Por: Wilmer Lider Mamani

Imagínate que un día sales con ganas de tomar un café y de la nada, irrumpen en el lugar para obligarte a semidesnudarte de una manera humillante, para que luego ellos mismos decidan si eres un criminal o no. Por más inocente que seas. Es el testimonio de un joven, uno de los muchos que hay, documentado por el diario español ABC. Así son las políticas de seguridad del autoproclamado “dictador más cool”, Nayib Bukele, hoy uno de los líderes más populares del continente. Ganó la reelección con más del 80 % de los votos emitidos, aunque solo el 52,6 % del padrón electoral participó; casi la mitad del país no votó. Aun así, controla casi todo el Congreso.

«Un Bukele para Bolivia»

Muchos en La Paz, Santa Cruz, Cochabamba o en cualquier rincón boliviano donde la inseguridad y la corrupción ya cansan, miran hacia San Salvador y dicen “ojalá tuviéramos un Bukele aquí”. Sí, un «Bukele boliviano», pero les pregunto, ¿están dispuestos a pagar el precio real de esa popularidad?

Detrás del velo de la popularidad, como titula Amnistía Internacional su informe de diciembre de 2023, se esconde una represión sistemática y una regresión profunda en derechos humanos. El reporte documenta 83 testimonios y 62 casos verificados que su gobierno abandonó cualquier enfoque comprensivo para imponer un modelo punitivo. Suspendió derechos, intervino en instituciones y creó un discurso que plantea falsos dilemas: o seguridad o libertades. Pero no hay por qué elegir. Una verdadera democracia protege ambas.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), en su informe de junio de 2024, lo confirma. El estado de emergencia prorrogado indefinidamente se ha convertido en la política principal de seguridad ciudadana. Suspende garantías constitucionales, permite detenciones arbitrarias y reformas penales que violan el debido proceso.

Miles han sido arrestados sin pruebas sólidas, inocentes atrapados en redadas masivas. Las fuerzas de seguridad pueden detener a cualquiera. Si ellos dicen que eres pandillero, lo eres. Lo que ellos afirman se convierte en verdad absoluta.

¿Es esta la «mano dura» que algunos sueñan para Bolivia? Pregúntense quién define quién es un delincuente y quién no cuando el poder judicial está debilitado.

En las prisiones es aún más alarmante. La CIDH detalla un deterioro grave en las condiciones de detención: hacinamiento extremo, tortura, maltrato y muertes en custodia. Familias enteras sufren. Madres sin noticias, niños sin padres, comunidades desestabilizadas. No es solo combatir pandillas, es generar una nueva vulnerabilidad colectiva.

Muchos dirán que estos detenidos son criminales y que deben pagar por el daño que hicieron a la sociedad, pero el problema no es castigar, el problema es cómo se castiga y a quiénes se castiga. Los derechos humanos no existen para proteger al delito, existen para impedir que el Estado se convierta en delincuente.

La CIDH y Amnistía Internacional insisten en que la tortura y el maltrato no solo degradan a las víctimas, sino a toda la sociedad, porque erosionan el Estado de derecho y normalizan abusos que mañana pueden caer sobre cualquier ciudadano. Castigar con ley es justicia. Castigar con violencia es venganza. Y una democracia que confunde justicia con venganza termina perdiendo su alma.

¿Y la libertad de expresión?

Ese pilar fundamental de cualquier democracia está bajo ataque directo. Informes documentaron restricciones a la asamblea pacífica, al acceso a información pública y a la asociación. Se crea un entorno hostil para la prensa y los defensores de derechos.

La Asociación de Periodistas de El Salvador (APES), en su informe La Curva del Silencio (2025), registra 43 periodistas exiliados por acoso y miedo a detenciones. Es la primera vez en más de tres décadas que ocurre algo así sin golpes militares de por medio. Estos no son enemigos del Estado, son quienes destapan corrupción, conflictos de interés y violaciones sistemáticas.

En Bolivia, donde ya conocemos el dolor de la represión estatal, ¿queremos importar un sistema que multiplica el sufrimiento en nombre de la paz? Aquí luchamos por voces independientes y regionales; copiar este modelo significaría silenciar precisamente a quienes más necesitamos escuchar.

Lo irónico…

Un presidente que se comunica directamente en redes sociales, que se presenta como transparente, erige un cerco de opacidad que reduce el flujo informativo y elimina la auditoría ciudadana. Como dice la APES, la sociedad salvadoreña está con menos herramientas para participar y defenderse.

Bukele ha concentrado poder de manera acelerada. En 2020 metió al Ejército en la Asamblea para presionar, debilitó la independencia judicial y en 2024 se proclamó ganador antes de resultados oficiales, exagerando récords electorales en discursos festivos con aplausos.

Estuve leyendo el texto «Bukele, el rey desnudo» del periodista salvadoreño exiliado en México, Óscar Martínez, que narra que el dictador tardó solo cinco años en consolidar un control absoluto con un mensaje claro: “conmigo o contra mí”. Y ese es el nacimiento de una dictadura disfrazada de democracia.

Cuando el poder se concentra, la prensa se exilia y el miedo se normaliza, la democracia deja de ser democracia y se convierte en dictadura.

Nayib, ¿el «Gran Hermano» moderno?

Orwell en 1984 advertía sobre sistemas donde la represión se disfraza de protección y el silencio se vende como orden. Bukele presenta la mano dura como seguridad, el exilio de periodistas como estabilidad y la concentración de poder como eficiencia.

¿Nayib Bukele, un dictador? Sí.

Ha erosionado instituciones democráticas, silenciado la disidencia y convertido el poder en un culto personal que asfixia la libertad en nombre de la protección.

Para quienes en Bolivia piden un «Bukele boliviano», les digo que la popularidad no justifica la erosión de instituciones. La seguridad no puede construirse sacrificando derechos.

«Pero Bukele reduce la delincuencia de pandillas«, sí, pero a costa de una sociedad silenciada, exiliada y vulnerable. Eso es regresión, no progreso.

La democracia no es perfecta, pero es el único sistema que nos permite cuestionar, protestar y cambiar sin miedo. En El Salvador, esa capacidad se está perdiendo. No la perdamos en Bolivia por un espejismo de orden rápido.

Admirar a Bukele desde lejos es fácil. Vivir bajo su modelo es otra historia. Y esa historia, según los informes y los exiliados, está llena de silencios y dolor.

Querido lector. El fanatismo extremo es muy malo. Bolivia merece algo mejor; merecemos más.