Por: Antonio Saravia

Se lo debemos todo a la civilización occidental. Fue ese conjunto de elementos culturales, éticos y políticos originados en Grecia, en Roma, y fundamentalmente en el cristianismo, que logró sacar al hombre de su pobreza y desesperanza.

Hasta antes de la Revolución Industrial el PIB per cápita del mundo era esencialmente cero y los seres humanos vivíamos en absoluta pobreza. La esperanza de vida al nacer en 1800 era de solo 35 años, el mundo era tremendamente violento y las epidemias y las hambrunas diezmaban la población en todo el planeta.

La Revolución Industrial originada en Inglaterra alrededor de 1820 hizo el milagro y cambió ese triste panorama de un día para otro. Aprendimos a producir masivamente y los precios empezaron a caer. Esto hizo que la gente pudiera consumir más bienes y servicios, que nuestros niveles nutricionales subieran y que la gente no tuviera que matarse entre ella para conseguir más comida.

Pero la Revolución Industrial, y el capitalismo como su modelo económico, no se desarrollaron en un vacío. Las condiciones para su surgimiento se fundaron en los avances filosóficos y tecnológicos de la antigua Grecia, en los fundamentos políticos y jurídicos de Roma y en las virtudes liberadoras del individuo que proponía el cristianismo. Este conjunto de elementos que hoy conocemos como la civilización occidental fue la piedra fundamental de la modernidad, el progreso y el florecimiento humano que experimentamos hoy.

En las últimas décadas, sin embargo, el manso globalismo de los organismos multilaterales y las políticas erráticas de Estados Unidos y Europa han dejado que fuerzas malignas lleven adelante una batalla multifacética en contra de la civilización occidental. Irán, Rusia, China y los regímenes dictatoriales y grupos terroristas que estos países financian han atacado nuestra civilización a vista y paciencia del buenismo occidental. Su influencia en Latinoamérica ha sido particularmente devastadora estableciendo y financiando el Socialismo del Siglo XXI a la cabeza de Cuba y Venezuela que a su vez establecieron una sólida cooperación y codependencia con los más importantes carteles de la droga.

Pero la batalla no solo ha sido criminal y política sino también cultural. Los esfuerzos desestabilizadores del mérito y el capitalismo competitivo propios de la civilización occidental han encontrado en las políticas de “diversidad, equidad e inclusión,” patrocinadas por Naciones Unidas y el mundillo de las ONG de izquierda, un arma importante contra la cultura capitalista que tanto progreso ha generado. La migración ilegal masiva en Europa y en Estados Unidos ha causado también tremendos estragos infiltrando miembros de carteles y pandillas enviadas expresamente al centro de la civilización occidental para destruirla.

Es en este complejo panorama que Donald Trump vuelve a ser presidente de Estados Unidos y, al contrario de sus predecesores, se toma esta amenaza muy en serio. Puedo criticar a Trump, y lo he hecho en muchas entrevistas, por sus barreras al comercio, por su testaruda influencia sobre la Reserva Federal, por sus políticas industriales y por varias cosas más, pero hay que reconocer que tiene las cosas muy claras en materia internacional.

Trump y su gobierno sabían que Irán era el principal instigador de la ideología anti-occidente y sabían que solo un cambio de régimen en ese país podría reestablecer una paz mundial duradera. Trump también sabía que, si caía Nicolás Maduro en Venezuela y lograba domar a Delcy Rodríguez, como efectivamente lo hizo, le habría asestado un golpe mortal al Socialismo del Siglo XXI que tanto daño, violencia y migración masiva hacia Estados Unidos había causado.

Con Maduro en una cárcel y Estados Unidos controlando Venezuela, Trump también le asestó el golpe de gracia al régimen cubano, el mayor patrocinador del mal en nuestra región y que ahora está acorralado sin energía y sin poder resolver los problemas básicos de su población. Las últimas declaraciones públicas de Díaz-Canel muestran a un régimen asustado y al borde del colapso después de 67 años de una opresión brutal a su propio pueblo. La liberación de Cuba, que está finalmente a punto de materializarse, representará una página gloriosa para la historia latinoamericana.

Trump vuelve entonces a la doctrina Monroe de influencia sobre nuestro hemisferio (la nueva estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos denomina a este giro “el corolario Trump de la doctrina Monroe”) y asesta golpes certeros no solo a los regímenes venezolanos y cubanos, sino además a los carteles criminales del narcotráfico. Primero coordina con México la eliminación de El Mencho y después llama a los presidentes latinoamericanos y los convence de establecer un escudo contra estas bandas criminales. Solo días después de esa reunión en Miami cae el peligroso narcotraficante Marset en Bolivia.

Repito, Trump se lo ha tomado en serio y está convencido de la importancia de su lucha contra el eje del mal que quiere acabar con la civilización occidental. Tiene, además, en Marco Rubio a un Secretario de Estado serio y decidido que, a este paso, puede llegar a ser el mejor Secretario de Estado de la historia de ese país.

Sé que son días de zozobra (a la hora que escribo esta columna, Estados Unidos está bombardeando severamente a Irán) y que el precio del petróleo y los combustibles nos recuerdan que los conflictos nunca son buenos para la economía. Pero si los objetivos de Trump se cumplen y se gana la batalla contra los que quieren ver a la civilización occidental de rodillas, habremos ganado muchos años de paz y progreso en el futuro.

Antonio Saravia es economista y analista.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Encontrados con Gonzalo Rivera