Por: Edwin Cacho Herrera
Por décadas, en el trópico y en sectores rurales de Cochabamba, se hizo lo que el caudillo y la cúpula cocalera disponían. El derecho al disenso fue proscrito para las bases de productores de coca, mandarinas, plátanos, piñas, paltas, naranjas, arroz y peces de río, entre otros productos. El centralismo democrático funcionaba en apariencia en sindicatos, centrales y federaciones del trópico. No había cabida para quienes pensaban y actuaban distinto.
El yugo sindical de Evo Morales y su entorno se hacía sentir a través de mecanismos propios de las organizaciones verticalistas, entre ellos definir y bajar “línea” de acción política de manera continua para que la mayoría la cumpla sin chistar, y hacer que los propios productores se controlen entre sí, en el territorio, para detectar a los inconformes y presuntos traidores del establishment cocalero.
Pero, como todo en la vida cambia, la arrogancia de los dirigentes de las seis federaciones, adosada a la imagen de Morales, comenzó a generar aburrimiento entre las bases que se expresó a nivel de las familias de los cinco municipios que componen el trópico cochabambino. Las movilizaciones contra el arcismo, desde 2022, y la vigilia permanente que se dispuso para resguardar al caudillo, a fines de 2024, detonaron el hastío.
Al principio hubo compromiso y hasta empatía con Morales por su situación política y legal. El hito en la línea solidaria ocurrió en octubre de 2024, cuando hubo un fallido intento de captura del líder cocalero y expresidente de Bolivia, mientras se trasladaba a su programa dominical en Radio Kawsachun Coca, en Lauca Ñ. El malestar empezó a diseminarse luego por sembradíos y comunidades, hasta llegar a preguntarse si correspondía proteger a quien está acusado de abusar sexualmente de jovencitas.
Va un año y medio de ese sistema de rotación de pobladores de las provincias Chapare, Carrasco y Tiraque y el cansancio en las familias ya es indisimulable. Se sienten continuamente incompletas porque padre, madre, hijo, hija, abuelo o abuela tienen la obligación de cumplir turnos en Villa Tunari para ser parte del escudo humano alrededor del jefe. El costo del viaje y la estadía corre por cuenta de cada familia aportante de centinelas.
La llegada de delegaciones de varias partes del país, incluso del exterior, para visitar al refugiado también ha disminuido. Numerosos grupos de seguidores de Morales aparecían en el trópico con música, comida, costumbres, obsequios y el compromiso de apoyarlo hasta las últimas consecuencias. Él se alegraba, compartía y daba “línea” política para enfrentar la coyuntura. Las comitivas se han reducido ahora en número y entusiasmo.
Comentan quienes habitan las tierras chapareñas que lo dicho por el exdirigente Elmer Lizarazu de la central Ivirizu Vandiola, un productor barbado, de tez blanca y preciso a la hora de describir los motivos que le impulsaron a proponer que se busque un asilo político para Morales en un país del extranjero, fue bien recibido por las bases, mientras la central Ivirizu Mandiola determinó aplicarle el veto sindical. Lizarazu decidió volver a su chaco para demostrar que el derecho constitucional de libre expresión debe ser respetado.
Lizarazu no hizo otra cosa que darle forma a la rebeldía que va en ascenso en contra de la estructura política del masismo-evismo. Algo parecido sucedió en ámbitos electorales con Bladimir Zurita en el pequeño municipio cochabambino de Sicaya. Hace unos días desmintió a Morales y su versión de que Zurita había sido un infiltrado en la alianza Libre de Jorge Quiroga. Zurita dijo a los medios de comunicación que decidió transitar por otros caminos políticos y romper el esquema de sometimiento que ejerce el entorno evista.
Morales y la élite cocalera no están entendiendo que la rebeldía en el trópico y los sectores campesinos de Cochabamba no se reduce a un exdirigente vetado sindicalmente o un candidato municipal que decidió abrazar otra corriente política. La rebeldía está en las bases de los sindicatos, centrales y federaciones por dos razones: superar la dictadura sindical impuesta en esa región hace cuatro décadas y constatar que hay vida más allá de Morales y sus adláteres.
Una forma de verificar si el aburrimiento es verdadero y en qué grado de ascenso se encuentra podría ser la convocatoria a un bloqueo de carreteras para intentar desconectar nuevamente oriente y occidente. Seguramente habría más de una sorpresa cuando se lance la orden a los productores porque, así como se inoculó temor y obediencia absoluta en su momento en el trópico, ahora se está diseminando la idea de la emancipación para dejar de ser estigmatizados como zona roja del narcotráfico y mostrar a todos que buscan ser un polo de desarrollo con vocación de prosperidad.
Edwin Cacho Herrera Salinas es periodista y analista.


