Jubilados, amas de casa y comerciantes enfrentan el encarecimiento sostenido de alimentos, salud y servicios en un contexto de incertidumbre económica.
La subida de precios deja de ser un indicador técnico y se convierte en una experiencia diaria marcada por la pérdida de poder adquisitivo, la reducción del consumo y la adaptación forzada de los hogares.
Más allá de los complejos tecnicismos macroeconómicos, la inflación se ha instalado como una preocupación central en la vida diaria de los bolivianos. Ya no es necesario recurrir a cifras oficiales para entender su impacto: basta con recorrer un mercado o pagar una consulta médica.
María Eugenia Guzmán, jubilada, lo resume con claridad: “La plata no alcanza”. Su testimonio refleja una realidad extendida. Con gastos crecientes en salud y alimentación, cada día implica tomar decisiones difíciles. Las filas en hospitales públicos, sumadas a paros intermitentes, obligan a recurrir al sector privado, generando costos imprevistos que desajustan cualquier presupuesto.
“Esta mañana fui y otra vez paro. Nadie nos avisó, hicimos cola… y hay que buscar médico particular”, relata. Lo que antes era accesible, hoy representa una carga económica adicional.
El impacto también se siente con fuerza en los mercados. Con Bs 150, María Eugenia esperaba cubrir lo básico, pero la realidad fue otra. “Todo está elevado”, dice mientras muestra una compra reducida. Lo que antes alcanzaba para varios días, hoy apenas cubre lo esencial.
Ese mismo escenario lo describe Irene Calisaya, mayor de 70 años. “Todo está caro, no alcanza”, afirma. En su caso, la inflación ha modificado incluso su alimentación: la carne ha dejado de ser una opción. “Antes compraba a 38 el kilo… ahora está en 70. Ya no consumo”, explica.
El gasto en salud también se ha triplicado, lo que deja a los adultos mayores —especialmente a quienes dependen de ingresos fijos— en una situación de alta vulnerabilidad.
Desde el lado de los comerciantes, el panorama no es mejor. Una vendedora de papas señala que, aunque algunos precios se mantienen, la demanda ha caído. “La gente está cuidando su platita”, dice. Las compras se han reducido: donde antes se adquirían grandes cantidades, ahora se opta por porciones mínimas.La inflación no solo encarece productos, también contrae el consumo. Obliga a priorizar, a eliminar alimentos de la dieta y a reducir la calidad de vida. Es una economía de ajuste permanente.
Sandra Zurita, ama de casa, lo describe con precisión: “Todo es inestable”. La variación constante de precios impide planificar. “Uno anda con la calculadora en la mano”, afirma. Su comparación es contundente: “Antes, con 100 bolivianos me alcanzaba para un mes… ahora, para un día”.Aunque la cifra pueda ser exagerada, evidencia una percepción generalizada: el dinero ha perdido valor de forma acelerada.
Las proyecciones internacionales refuerzan esta preocupación. El Fondo Monetario Internacional estima que la inflación en Bolivia alcanzará el 20,7% en 2026, uno de los niveles más altos de la región. Mientras tanto, en América Latina se espera una tendencia a la baja, lo que deja al país en una trayectoria divergente.
Entre los factores que explican este fenómeno se encuentran la escasez de divisas, que encarece las importaciones, los desequilibrios en la cuenta corriente y la caída en las exportaciones de gas, históricamente una fuente clave de ingresos.
A nivel interno, el Instituto Nacional de Estadística reportó una leve caída mensual del Índice de Precios al Consumidor en marzo (-0,34%), aunque la inflación interanual se mantiene elevada en 15,05%. Este alivio puntual no logra revertir la tendencia de encarecimiento sostenido.
En este contexto, el presidente Rodrigo Paz respaldó las proyecciones internacionales y afirmó que reflejan la realidad del país. Aseguró que su gobierno recibió una economía deteriorada y defendió las medidas adoptadas para estabilizarla.
Sin embargo, más allá de los diagnósticos y las políticas, el impacto ya se siente en las calles. En los mercados, en los hospitales y en los hogares, la inflación ha dejado de ser un concepto económico para convertirse en una condición cotidiana que redefine la forma de vivir.


