Por: Quique Frank

Son señales que confirman lo profetizado, mucho más nítidas en un país que convive con 36 naciones y una interculturalidad variopinta y mestizada. Un anterior recaudador de impuestos, odiado y marginado fue escogido para ser discípulo. Escribió sobre su Maestro y anotó que se levantaría nación contra nación, como fidedigna señal de la aproximación del final. También apuntó que la maldad se multiplicará, que el amor de muchos se enfriará.

Ese evangelio no les fue anunciado a los pueblos conquistados, el catolicismo escribía y hablaba en latín y bendijo la conquista española, sin importar las consecuencias, sólo las riquezas.

Se engendró un nuevo mundo contradictorio y saqueado. La dictadura y el servilismo dominaban a placer y sacrificio. El menosprecio y la venganza confabularon en la convivencia entre razas. Las enfermedades se multiplicaron con la rapidez de la sífilis y el paludismo. Nacieron niñas y niños de madres ultrajadas.

Nada ni nadie ya fue igual, todo cambió,

«La guerra es el arte de destruir hombres, la política es el arte de engañarlos», el filósofo francés Jean D’alambert, puso su firma para certera definición. No para perpetua memoria como escrito está en el escudo de armas de la ciudad sin paz, y hoy en día con el Paz número 3 de la historia nacional.

La Paz vive como si las montañas la estrangularan, comprimida existencia, con más cemento y contaminación que árboles y desahogos. Se satura de conflictos y enemistad, circulan más los petardos que el marginado respeto, los dinamitazos peligrosos e irrespetuosos sobre todo para producir daños a la propiedad y a la audición.

Lo estridente e irreverente son el detestable común denominador cotidiano. La convulsión no sabe que existen otras palabras que las malas palabras, insultos y diatribas son tribales por no mencionar raciales, provienen de un guion prefabricado, así como las órdenes del engendro del mal. También escrito está que el príncipe de las tinieblas anda suelto, tiene sus acólitos que organizan y ejecutan revueltas, paros y bloqueos además de saqueos.

Es cierto, el odio es un gigante exponencial, el amor se enfría como el invierno que nos envuelve, a veces o muchas veces, con el descenso térmico de la indiferencia o la indolencia.

La sabiduría del amor ágape está latente pero cada vez menos vigente, aquel mandato retador de: «Amar al prójimo como a uno mismo» pasa a la retaguardia y no está a la vanguardia del comportamiento y la empatía.

Las huestes de maldad proliferan como profesión en medio de presión y afectación, la solidaridad así como el razonamiento lógico y humanitario, son o imposibles o inalcanzables. Una señora afectada por una dolencia renal falleció en la ambulancia que intentaba trasladarla a la Sede de Gobierno, los bloqueos marcaron su obituario circunstancial impuesto.

Un niño curioso perdió dedos al levantar un cachorro de dinamita, lanzado al patio de una inocente casa, por la mano desnaturalizada de un bloqueador borracho y desubicado.

Un joven guardia del Teleférico primero perdió un ojo al ser golpeado en el suelo, mientras los transeúntes gritaban para defenderlo a prudente distancia. Hoy, su vida pende en una cama de hospital.

Como en tiempos de Jesús, la gente busca paz y liberación, el Maestro nos enseñó -sin mayor sangre que su inmolación- que el amor es la base de las acciones para las soluciones. Hoy, el amor se convirtió en desamor y el propósito en despropósito.

Los fariseos y saduceos confabularon políticamente contra el que decía ser Mesías, orquestaron su muerte como silencio y olvido de las verdades que escucharon en contra de sus intereses. Pero Jesucristo se multiplicó desde que resucitó y anunció lo que sucedería en Bolivia, sin señalar -para ello- en específico el tiempo y lugar.

Rodrigo Paz y Edman Lara cuando se proclamaron vencedores anticiparon que gobernarían escuchando la voz de Dios y según su sabiduría. Un ejemplo más de oportunismo religioso político.

Bolivia y particularmente en el Occidente, donde lo aymara está abigarrado, se propicia el origen de desentendidos y desencantamientos, de cobrar el pesado pasado de la historia, sin observar juiciosa y visionariamente un ecléctico futuro para todos. Además de enguerrillar la obsecuencia por defender a ese ahijado del maligno, parapetado en el trópico cochabambino que quiere nuevamente poder presidencial, para escapar de los proliferados juicios en su contra.

¿Tuvimos, tenemos y tendremos el gobierno que merecemos?

Qué el Creador nos permita ser más tornillos que clavos. La metáfora menciona que: El tornillo tiene cabeza lógica y se adapta a varias funciones. El clavo entra a presión y es difícil de sacar.

Oremos, no importa el credo o la congregación,  porque seamos como Jesucristo, el gran líder que pondrá por fin orden,  justicia, y fundamentalmente paz.  Paz, que hoy tiene la impronta de la utopía.