Por: Ricardo V. Paz Ballivian

Las elecciones autonómicas del próximo 22 de marzo en Bolivia tienen una característica que las vuelve radicalmente distintas a cualquier otro proceso reciente, se disputarán, en la práctica, en apenas un mes. No porque el calendario formal sea distinto, sino porque la conversación pública, el interés ciudadano y la verdadera activación territorial recién se concentran en la recta final. Es una elección comprimida. Y en las elecciones comprimidas no gana quien mejor resiste una maratón, sino quien entiende que está corriendo cien metros planos.

Los datos que se han observado en distintos estudios de opinión muestran un patrón inquietante pero estratégicamente revelador, una porción significativa del electorado no tiene plenamente internalizada la fecha de votación, muchos ciudadanos no conocen a todos los candidatos y una mayoría admite que aún no ha decidido su voto o podría cambiarlo.

Esto no es solamente un síntoma de apatía, es sobre todo, una señal de volatilidad. Cuando el nivel de información es bajo, el voto se vuelve menos ideológico y más perceptivo. La imagen pesa más que el programa, la narrativa más que el detalle técnico, la sensación de viabilidad más que la afinidad doctrinaria.

A diferencia de una elección presidencial, en la que se discute rumbo de país y grandes visiones estructurales, las autonómicas operan con una lógica profundamente local.

En ciudades como Tarija y en cada capital departamental, el elector no está ponderando debates abstractos sino preguntas concretas, quién puede mejorar los servicios, quién tiene capacidad de ejecutar obras, quién resolverá problemas inmediatos. Es una elección de gestión, no de épica. Por eso las campañas que intentan nacionalizar el discurso o ideologizar en exceso suelen desconectarse del pulso real del votante.

La reducción práctica de la campaña a un mes obliga a una estrategia quirúrgica. El mayor error sería dispersar el mensaje o intentar instalar múltiples ejes simultáneamente. En procesos largos puede haber espacio para matices, en una campaña comprimida, la claridad es decisiva. Un concepto central, repetido de forma sistemática en cada intervención, en cada pieza digital y en cada acto territorial, tiene más eficacia que un catálogo de propuestas técnicamente impecables pero comunicacionalmente difusas. La repetición coherente construye identidad, la dispersión genera ruido.

En este contexto, la estructura territorial adquiere un peso determinante. Cuando el conocimiento es bajo y el tiempo escaso, el contacto directo multiplica su valor. El voto autonómico se activa en barrios, redes familiares, gremios y organizaciones sociales.

No se gana únicamente en la pantalla del celular ni en el debate televisivo, se consolida en el cara a cara y se asegura en la movilización del día de la votación. Una campaña puede parecer dominante en redes y sin embargo carecer de músculo territorial suficiente para convertir simpatía en votos efectivos.

Otro factor crucial en elecciones tan cortas es la construcción de percepción de crecimiento. Más que mostrar fuerza estática, resulta estratégico transmitir dinamismo, sensación de avance, idea de que la candidatura se consolida y se aproxima a la victoria. En contextos de indecisión masiva, muchos votantes reducen el riesgo optando por opciones que perciben viables. La narrativa de competitividad puede inclinar la balanza en las últimas dos semanas, que suelen ser decisivas.

La campaña negativa, por su parte, debe manejarse con extrema cautela. Cuando el electorado aún está formando su opinión, un ataque puede instalar dudas rápidamente, pero también puede victimizar al adversario y generar rechazo hacia quien agrede. En elecciones comprimidas, el tiempo no siempre permite revertir un error de tono. La construcción positiva y el contraste inteligente suelen rendir más que la confrontación desbordada.

En definitiva, estas elecciones autonómicas del 22 de marzo son atípicas porque condensan en cuatro semanas lo que antes se desarrollaba en varios meses. No se trata de quién tenga el plan más voluminoso ni el discurso más sofisticado, sino de quién logre sintetizar una propuesta clara, transmitir confianza y demostrar capacidad de gestión en tiempo récord.

En Bolivia, esta vez, la política no se resolverá en un largo proceso de acumulación, sino en una recta final intensa donde cada día contará como si fuera una semana. En una elección comprimida, la claridad es poder y la disciplina estratégica es la diferencia entre competir y ganar.