Por: Capitán de Ultramar Franklin Duran Ruiz

Bolivia vive nuevamente jornadas en las que el mapa vial parece un rompecabezas interrumpido, con un impacto crítico en el comercio interno y en la conexión con los mercados internacionales. Carreteras cortadas, filas interminables de camiones detenidos, buses que no llegan a destino y poblaciones enteras que sienten cómo su rutina se altera por completo. Pero más allá de la imagen visible del bloqueo, lo que hoy se percibe con mayor fuerza es un clima social cargado de nerviosismo e incertidumbre, y un desgaste colectivo que se acumula día tras día.

El transporte es el primer termómetro de esta crisis. Reportes de la Cámara de Transporte Pesado (CADETRANS) dan cuenta de entre 3.000 y 5.000 camiones varados en distintos puntos del país, paralizando exportaciones de sectores estratégicos e importaciones esenciales. Esto no solo encarece la logística, deteriora la imagen de Bolivia como socio comercial confiable y vuelve más riesgosas y costosas las decisiones de inversión.

Son conductores que pasan días en carretera, sin servicios básicos, con mercadería perecedera en riesgo, enfrentando sobrestadías con la distintas navieras y multas portuarias, acumulando pérdidas que nadie compensará. Detrás de cada camión detenido hay una cadena comercial interrumpida, un contrato incumplido y un ingreso que no llegará a tiempo a un hogar.

Las pérdidas económicas crecen a un ritmo difícil de dimensionar. La Cámara Nacional de Industrias estima que los bloqueos provocan entre 50 y 60 millones de dólares diarios en perjuicio para la economía nacional. La industria pierde entre 10 y 12 millones de dólares por día, y solo el departamento de La Paz absorbe daños de hasta 3 millones diarios. Son cifras que no distinguen tamaño de empresa y golpean con especial dureza a pequeños comerciantes, productores y transportistas que dependen del movimiento constante de bienes.

En Cochabamba, uno de los puntos neurálgicos de las rutas nacionales, se estima que más de 10 millones de dólares en productos industriales dejan de circular cada día, afectando a decenas de miles de unidades productivas. A esto se suma un dato revelador, “el impacto negativo en el PIB alcanzaría 215 millones de bolivianos por cada día de bloqueo”, una sangría silenciosa que erosiona la actividad económica mientras el país permanece detenido.

La inestabilidad también tiene efectos menos visibles, pero igual de peligrosos. Informes citados por YPFB advierten que alrededor de 1.200 cisternas con combustible han quedado detenidas, poniendo en riesgo el abastecimiento de diésel y gasolina. Se reportan, además, retrasos en la llegada de medicamentos, oxígeno medicinal y alimentos. Cuando la logística se paraliza, no solo sufre la economía: también lo hacen la salud y la seguridad de la población.

El comercio exterior tampoco queda al margen. Las rutas hacia puertos en Perú y Chile se ven afectadas, se encarecen los insumos importados y se debilita la confiabilidad del país ante sus socios. Organizaciones empresariales como CAINCO han advertido que estos escenarios prolongados socavan la confianza inversora y profundizan la desaceleración económica.

Sin embargo, quizá el efecto más profundo no se mide en dólares, sino en el estado de ánimo colectivo. Turistas atrapados en terminales, familias que no pueden viajar, comerciantes que ven cómo su mercadería se echa a perder y pacientes que esperan insumos que no llegan. El bloqueo deja de ser un acto político y se convierte en una experiencia cotidiana de frustración para miles de ciudadanos que no participan directamente del conflicto, pero cargan con sus consecuencias.

Bolivia tiene una larga tradición de protesta social y el derecho a la movilización es parte de su vida democrática. Pero cuando esa movilización deriva en la paralización prolongada del país, el costo se vuelve estructural, afecta el presente, compromete la estabilidad futura y debilita la confianza interna y externa.

Hoy se hace evidente que cada día de bloqueo no solo detiene vehículos en las carreteras, detiene la economía, tensiona el clima social y desgasta la paciencia de una población que necesita trabajar, producir y vivir con normalidad. El desafío urgente no es solo levantar los puntos de bloqueo, sino encontrar mecanismos de diálogo que eviten que Bolivia regrese, una y otra vez, a este punto muerto donde todos pierden.

El autor de esta columna es Capitán de Ultramar, con más de 40 años de experiencia en el ámbito marítimo, portuario y logístico internacional. Es CEO de Shipping Services Bolivia SRL y BOCKTRANS SRL, vicepresidente de la Asociación Internacional de Profesionales en Puertos y Costas (AIPPYC) y director de la Cámara Nacional de Comercio de Bolivia.