Por: Edgar Cadima Garzón
Qué se está debatiendo en materia educativa?
Indudablemente, es importante analizar los factores asociados (nivel socioeconómico, área de residencia, dependencia fiscal o privada, autoidentificación indígena, trabajo del estudiante, etc.) que explican, en parte los deficientes logros de los estudiantes en las pruebas aplicadas, pero, dados los resultados de los bajos logros alcanzados por los estudiantes en las pruebas realizadas por el OPCE el año 2023 (3 de 100 estudiantes, de sexto de secundaria, aprueban un test de 25 items en matemáticas, física y química; el resto se encuentra por debajo de los 51 puntos mínimos de aprobación; además estos bachilleres no entienden lo que leen y no escriben de manera comprensible. Ante esta situación, el debate no debiera estar centrado en que si un indígena se aplaza con unos puntos más que otro no indígena, o que si los estudiantes de colegio privado estén menos aplazados que los de colegio fiscal, etc. Se está debatiendo quienes son más mediocres; entre aplazados. Ese debate no dice mucho, a más de demostrar la mediocridad del servicio educativo y los logros deficientes. Otra cosa sería si, en los resultados de las pruebas aplicadas, existiría un buen porcentaje de estudiantes (pongamos un 70%) con notas superiores a 51 puntos; entonces el debate podría centrarse en lo que sucede con el 30% restante ¿por qué no rinden? ¿qué factores les impide? o, por otra parte ¿cómo se podría mejorar el rendimiento de los estudiantes que aprueban? etc.
Debatir sobre esos factores asociados, en el marco de esa mediocridad de logros de los estudiantes más parece un alibi o un debate distractivo para no abordar los problemas que, realmente, requieren atención.
Indudablemente, los problemas estructurales socioeconómicos (desigualdades sociales, condición social, economía diferenciada, generación y distribución de la riqueza, etc.) que atraviesan toda la sociedad obedecen a diferentes determinantes que influyen en la educación, pero no debieran servir de freno, escudo o pretexto para desviar la atención que se debe prestar a los problemas estrictamente educativos. Desde la educación se podría influir en la superación de esos problemas estructurales socioeconómicos, pero no puede resolverlos ya que están fuera del alcance de su responsabilidad y competencia.
Hay que reposicionar el debate por una escuela, en tanto instancia calificada de intermediación, entre la familia y la sociedad. Los padres confían sus hijos en la escuela para que se los prepare para que sean ciudadanos de bien y los niños, en su proceso de desarrollo y consolidación de su ser, necesitan de los “otros”, de otros niños y jóvenes iguales y diferentes entre ellos y de una relación con el mundo adulto, externo a la familia, los maestros, que los ayude a ser parte de ese mundo, nuevo para ellos, pero preexistente para los adultos; un mundo que ya funciona con sus relaciones, su economía, su desarrollo tecnológico, etc. al que deberá integrarse el estudiante y en el que realizará los cambios que se exijan necesarios. Así, la escuela forma a los estudiantes para comprender ese mundo adulto y prepararlos para administrarlo después. Pero, justamente esa tarea preparatoria es la que se está haciendo mal con una educación deficiente.
La escuela es un espacio de relación jerárquica generacional (adultos que administran un espacio destinado a niños y jóvenes), de conocimientos (maestros preparados para enseñar a quienes no saben) y de experiencias (adultos que ya han vivido experiencias y niños en proceso de vivencias) donde se ejerce una autoridad natural y funcionan unas relaciones basadas en el respeto y la confianza. Romper esta relación por visiones igualitarista ha llevado al fracaso a muchas experiencias pretendidamente innovadoras (no han podido trascender de su espacio experimental) y su implementación, en la educación tradicional, ha relajado los niveles de exigencia, esfuerzo y disciplina. Un ejemplo de ello ha sido la promoción automática en el primer ciclo del nivel primario donde, a pesar de sus diferencias, se supone que todos aprenden igual y pasan de curso sin mayores exigencias que las de su asistencia. Las consecuencias de esa experiencia son graves y hace que los estudiantes arrastren sus deficiencias durante toda su escolaridad e incluso más allá. El igualitarismo ha distorsionado los roles de ambos actores de la acción educativa, los ha confundido, ha distorsionado el proceso y ha generado la crisis de la enseñanza, donde los estudiantes se sienten abandonados a sus escasas posibilidades y los maestros han perdido la legítima autoridad que tiene un profesional que sabe y debe educar.
Ante esta situación es necesario reposicionar el sentido y función de la escuela en tanto espacio de intermediación entre la familia y la sociedad, en la que se preparan los niños para enfrentar un mundo adulto; una preparación basada en aprendizajes pertinentes, valores éticos, responsabilidad y perseverancia. Ahora bien, veamos si esos aprendizajes se concretan adecuadamente.
El niño, el sujeto de la educación, entra al mundo a través de la escuela, se presenta en ella con conocimientos y experiencias previas de su mundo infantil, que debe ampliarlos y consolidarlos con nuevos aprendizajes facilitados por el maestro en tanto representante del mundo adulto preexistente. Ese niño no es un adulto en miniatura; es una persona en proceso de desarrollo y consolidación de su ser, por tanto, se encuentra en condición de aprendizaje permanente que el maestro debe satisfacer con su capacidad de enseñanza experimentada y ese es el proceso de la educación que está fallando.
Además, la sociedad se encuentra atosigada, inundada de información fragmentada circulando a mucha velocidad por las diferentes redes de comunicación, lo que impide que la juventud pueda reaccionar frente a ello. Si a eso se añade que, en la escuela, el currículo es enciclopédico nos encontramos con una cantidad de información difícil de ordenar y comprender. Aquí es donde hay que hacer un alto en la escuela, modificar el carácter informativo del currículo e insistir en el aprendizaje del pensamiento crítico que permita a los estudiantes la capacidad de discernir entre lo bueno y lo malo, lo falso y lo verdadero, lo real y lo imaginario, etc.
La escuela debe tener como eje de sus actividades el desarrollo del pensamiento crítico, en todos sus niveles y asignaturas, a través del razonamiento lógico, del permanente cuestionamiento del “por qué”, de las causas y las consecuencias de los fenómenos; de la lectura crítica y analítica; de la escritura creativa; de la consideración del error como algo que permite racionalizar los aprendizajes equivocados para corregir y continuar con los aprendizajes.
Pero la escuela, además de enseñar tiene que educar en simultáneo. No puede haber educación sin aprendizaje y ambos procesos, en su sentido más amplio significa educar en valores, en responsabilidad para una formación integral y enseñar las ciencias en sus aspectos más fundamentales y pertinentes. Hay que superar esa idea que es posible enseñar sin educar; ambas van juntas y son complementarias.
El malestar que recorre la educación boliviana es este deficiente servicio educativo que solo será superada con oportunas medidas al interior de la escuela misma, con medidas claras, adecuadas e incluso de “sentido común” que es algo que parece está faltando. Esperemos que el proceso electoral que se avecina permita conocer propuestas consistentes en materia educativa a fin de superar este incomodo malestar que vive la educación boliviana y cuyos efectos los sufren los estudiantes.
Edgar Cadima Garzón es matemático y educador.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Encontrados con Gonzalo Rivera
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