Por: Antonio Saravia
Mario Vargas Llosa hubiera cumplido 90 años hoy, sábado 28 de marzo, día en el que escribo esta columna. Se han venido haciendo varios reconocimientos a su obra y pensamiento político estos días y a mí me gustaría hacer lo propio en este artículo. Mario Vargas Llosa ha sido después de todo, y desde muy temprano, uno de mis más grandes referentes intelectuales.
Primero fue el mayor héroe literario de mi juventud. No había libros que no devorará con más ansias que los que salían de su pluma. Su capacidad de contar historias latinoamericanas, pero a la vez universales, dejando retazos autobiográficos a cada paso y construyendo personajes entrañables hacían que leerlo fuera casi una necesidad diaria. Era muy común sorprenderme tratando de llegar rápido a casa después del colegio o la universidad para poder seguir el relato ya empezado. La Ciudad y los Perros, La Casa Verde, Pantaleón y las Visitadoras, Lituma en los Andes o Los Cuadernos de Don Rigoberto tienen un lugar de privilegio en mi historia adolescente y juvenil en La Paz.
Después, por supuesto, se convirtió en un referente de ideas políticas y me cautivó su compromiso con las ideas de la libertad y su rechazo militante a toda forma de autoritarismo. Aquél que en su propia juventud había abrazado el misticismo de la izquierda revolucionaria hizo un mea culpa, giró 180 grados y condenó valientemente sus propias ideas. Esto no es fácil de hacer para nadie y mucho menos para un escritor ya consagrado que había hecho público su apoyo a la revolución cubana. Vargas Llosa tuvo la honestidad intelectual y la valentía que a muchos les faltó. Aunque ya en La Ciudad y los Perros, o en Conversación en La Catedral, Vargas Llosa deja entrever su rechazo visceral al autoritarismo, su compromiso liberal se expone abiertamente en La Fiesta del Chivo, Como Pez en el Agua (probablemente uno de mis libros favoritos por su genial descripción de las vicisitudes de su candidatura presidencial) o, por supuesto, La Llamada de la Tribu, su autobiografía intelectual en la que repasa a siete autores liberales que influyeron grandemente su propio pensamiento. En diversos ensayos y discursos Vargas Llosa ha contado que mucho de la lectura de esos siete autores la hizo en Inglaterra durante los tiempos de Margaret Thatcher.
El Vargas Llosa político era más terrenal y alcanzable que el Vargas Llosa literato. Como novelista era imposible de alcanzar. Su talento para contar historias era insuperable. Como activista y pensador político, sin embargo, se hacía humano y me daba la posibilidad de dialogar con él y, en algunos casos, de criticarlo. No acertó en todo, pero claro, sus aciertos fueron muchos más grandes que sus errores.
Entre sus aciertos más evidentes está lo que el chileno Mauricio Rojas llama “el liberalismo integral de Mario Vargas Llosa.” Para Vargas Llosa el liberalismo es uno solo y no puede aceptarse en un ámbito si es negado en otro. Por ejemplo, no puede abrazarse una dictadura que niegue la libertad política aun si esa dictadura implementa reformas liberales en el ámbito económico. Vargas Llosa rechazaba con la misma fuerza, por lo tanto, las dictaduras de izquierda como las de derecha. El liberalismo integral de Vargas Llosa se plasma en lo político en la democracia liberal, en lo económico en la asignación de recursos a través de mercados, en lo social en el respeto irrestricto a la libertad individual y en lo cultural en el rechazo a toda forma de censura.
Otro de sus grandes aciertos es epistemológico y refleja la gran influencia que tuvo en él Karl Popper (uno de los siete pensadores en La llamada de la tribu). Vargas Llosa entiende, como Popper, que la verdad científica es naturalmente circunstancial y que todo está sujeto a la falsificación generada por nueva evidencia. Lo que creíamos era cierto ayer es cuestionado por el avance científico de hoy y eso, a su vez, será cuestionado mañana cuando aprendamos aun más. Trasladado al campo social, esto implica que el liberalismo no puede ser una ideología, en el sentido de dogma o conjunto de verdades irrefutables, sino que debe ser una doctrina, asentada en ciertos principios básicos, pero siempre destinada a evolucionar a partir de la experiencia y la evidencia empírica. Este principio obliga al liberalismo a ser inherentemente humilde y a aceptar que sus interlocutores pueden tener la razón. Pero claro, esa virtud es, desafortunadamente, su mayor debilidad política.
Otro gran acierto es su defensa a ultranza de la civilización occidental y del progreso que esta ha traído a los seres humanos. Es muy interesante además advertir que esta defensa pudo haber incomodado un poco a Vargas Llosa, siempre presto a condenar el conservadurismo por sus restricciones a la libertad individual, pero probablemente obligado a admitir que ciertos valores judeo-cristianos permitieron el desarrollo de esa civilización y cultura que tanto admiraba.
Entre sus errores siempre anoté mi discrepancia con la validez que Vargas Llosa le otorgaba a conceptos como “igualdad de oportunidades” o “justicia social.” Vargas Llosa nunca dejó de pensar que era “injusto” que el lugar de nacimiento o el ingreso o clase social de la familia determine fuertemente el destino de una persona. Yo creo que esa realidad es desafortunada, y debe tratar de ser superada, pero no creo que sea “injusta.” Los hechos fortuitos nunca podrán ser justos o injustos. Vargas Llosa sabía perfectamente que las reformas liberales que posibilitaban la creación de riqueza eran los mejores instrumentos para generar movilidad social, pero también sabía que estas no estaban fundamentadas en la idea de hacer “justicia.” Si aceptamos que la distribución inicial de recursos es injusta, entonces podemos (y debemos) justificar una redistribución forzosa que corrija dicha injusticia. Pero esto solo será posible despojando a otros de sus ingresos y su propiedad privada, es decir, despojándolos de su libertad. Hasta donde yo sé, Vargas Llosa nunca concedió la existencia de esa contradicción.
Nunca tuve el honor de conocerlo en persona, pero dialogué constantemente con él (y lo sigo haciendo) a través de su obra. Me inspiró, me cuestionó y me irritó. Todo lo que debe hacer un escribidor comprometido con su arte. Por cierto, siempre celebré su cumpleaños con mucho entusiasmo. Era fácil recordarlo porque yo también nací un 28 de marzo como hoy. Vaya entonces el brindis de siempre. ¡Salud!
Antonio Saravia es economista y analista.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Encontrados con Gonzalo Rivera


