Octubre no es un mes cualquiera para Bolivia, es un mes que guarda en sus páginas algunas de las decisiones, confrontaciones y transformaciones más importantes de nuestra historia política, un mes que nos recuerda que la democracia no fue un regalo, que el poder tiene límites y que la memoria colectiva debería servirnos para evitar que los errores del pasado se conviertan en las costumbres del presente.
El 10 de octubre de 1982, Bolivia recuperó la democracia después de años de dictaduras militares. Hernán Siles Zuazo asumió la Presidencia y abrió una nueva etapa institucional. Aquella conquista representó mucho más que el retorno de un gobierno civil: significó recuperar libertades, derechos y la posibilidad de decidir nuestro destino mediante el voto.
Veintiún años después, octubre volvió a marcar un punto de inflexión.
En 2003, la denominada Guerra del Gas dejó una profunda herida en la sociedad boliviana, las movilizaciones, la represión y las muertes desembocaron en la renuncia del entonces presidente Gonzalo Sánchez de Lozada. Fue uno de los episodios más dolorosos de nuestra historia democrática reciente y una demostración de lo que sucede cuando la distancia entre gobernantes y gobernados termina convirtiéndose en una ruptura.
En octubre de 2019, Bolivia volvió a situarse frente a una crisis política y electoral. Las denuncias de irregularidades, la interrupción del sistema de Transmisión de Resultados Electorales Preliminares (TREP), los cuestionamientos al proceso electoral y las movilizaciones ciudadanas abrieron un nuevo capítulo de confrontación nacional.
Más allá de las interpretaciones políticas que todavía rodean aquellos acontecimientos, octubre de 2019 dejó una lección que no deberíamos ignorar: cuando la confianza en las instituciones se deteriora, también se debilita la legitimidad de quienes ejercen el poder.
Tres momentos históricos, distintas circunstancias y una pregunta que continúa vigente: ¿cuánto hemos aprendido realmente los bolivianos? Porque mientras nuestra historia nos exige memoria, responsabilidad y madurez política, nuestra realidad parece avanzar hacia un escenario en el que la discusión pública se mide cada vez más por su capacidad de convertirse en tendencia.
Hemos pasado de debatir sobre democracia a consumir política en formato de meme.
Y no se trata de desmerecer el humor, la sátira siempre ha sido una herramienta de crítica social y política, el problema comienza cuando el meme reemplaza al argumento, cuando la viralidad importa más que la verdad y cuando los grandes problemas nacionales terminan reducidos a una competencia por conseguir reacciones en las redes sociales, es la era de la memecracia.
Una realidad en la que las declaraciones se convierten en espectáculo, las contradicciones en entretenimiento y las crisis en contenido digital, nos reímos de aquello que en otras circunstancias debería preocuparnos profundamente.
Un ejemplo reciente resulta tan irónico como revelador: mientras las redes sociales difundían imágenes y comentarios sobre un Tesla volador, en Bolivia el ingenio digital no tardó en encontrarle una utilidad muy nuestra: sobrevolar los bloqueos.
La ocurrencia puede provocar una sonrisa, pero también encierra una crítica a nuestra realidad, en pleno siglo XXI, mientras el mundo discute sobre inteligencia artificial, innovación tecnológica y nuevas formas de movilidad, nosotros seguimos enfrentando dificultades para garantizar algo tan elemental como la libre transitabilidad.
Y así, entre publicaciones, confrontaciones digitales y discusiones que duran lo que tarda en aparecer una nueva tendencia, corremos el riesgo de normalizar aquello que debería indignarnos.
Octubre tendría que invitarnos a reflexionar sobre el valor de nuestras instituciones, el respeto al voto, la responsabilidad de nuestros gobernantes y especialmente, el papel que asumimos como ciudadanos.
La democracia no puede limitarse a acudir a las urnas, como tampoco puede defenderse únicamente desde una pantalla, requiere instituciones sólidas, ciudadanos informados, autoridades responsables y una sociedad capaz de distinguir entre la crítica, la desinformación y el espectáculo.
Nuestra historia ha demostrado que las crisis políticas tienen consecuencias reales, detrás de cada enfrentamiento existen familias, pérdidas, incertidumbre y heridas que no desaparecen cuando termina la coyuntura.
Por eso, recordar octubre no debería significar permanecer atrapados en el pasado, sino comprenderlo para construir un futuro diferente.
Quizás el verdadero desafío de Bolivia sea dejar de convertir cada crisis en una tendencia pasajera y comenzar a transformar nuestras lecciones históricas en decisiones colectivas.
Porque mientras Elon Musk imagina automóviles que vuelan, los bolivianos seguimos esperando algo mucho más sencillo: un país donde avanzar no implique tener que sobrevolar el siguiente bloqueo.
Valeria Mariana Vargas Tórrez es comunicadora social y magister en comunicación política.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no necesariamente refleja la línea editorial de Encontrados con Gonzalo Rivera





