Los pueblos libran las batallas. Los operadores llegan después, se apropian de ellas y convierten la esperanza colectiva en una oportunidad personal.
Por Roxana Lizárraga Vera
Hay historias políticas que deberían servir de advertencia para toda una región. La de Fernando Cerimedo es una de ellas.
Argentina. Brasil. Bolivia. Honduras.
Cuatro países, distintos episodios y una trayectoria que obliga a mirar mucho más allá del escándalo que hoy sacude al gobierno boliviano. La discusión importante ya no es solamente qué hizo o dejó de hacer Cerimedo, sino cómo determinados operadores políticos logran apropiarse de las batallas de los pueblos, acercarse a quienes llegan al poder y transformar una causa ideológica en una plataforma de influencia, negocios y beneficio personal.
Cerimedo acumuló cuestionamientos y antecedentes judiciales en Argentina. Fue una figura importante en la campaña de Javier Milei, pero posteriormente quedó fuera del reparto de cargos del Gobierno. Después apareció en Brasil, involucrado en la batalla política de Jair Bolsonaro. Fue investigado por la Policía Federal brasileña y, como era previsible, negó cualquier participación criminal.
Su recorrido alcanzó otros escenarios de la región. Y después llegó a Bolivia, donde consiguió algo fundamental: acceso directo al poder. Llegó como estratega y terminó como asesor personal del presidente Rodrigo Paz.
La pregunta ya no es solamente quién es Fernando Cerimedo. La pregunta es: ¿quiénes le abrieron las puertas?
LOS PUEBLOS LIBRAN LAS BATALLAS
Bolivia no despertó un día y decidió cambiar de rumbo político. Los bolivianos pagaron durante años el precio de enfrentarse a un modelo de poder construido alrededor del MAS y de Evo Morales. Hubo persecución y resistencia. Hubo ciudadanos que perdieron trabajos, tranquilidad, libertad, oportunidades y hasta la vida por enfrentarse al poder.
Generaciones enteras denunciaron corrupción, abuso institucional, autoritarismo y concentración del Estado. Los bolivianos pusieron el cuerpo, la resistencia, el sacrificio y los años de lucha.
Cuando finalmente una sociedad abre una posibilidad de cambio, aparecen los operadores, los estrategas y los intermediarios. Personajes que llegan desde fuera, se acercan a las fuerzas capaces de conquistar el poder y comienzan a presentarse como arquitectos de victorias que, en realidad, pertenecen a los pueblos.
Ese fenómeno debería preocupar seriamente a la derecha latinoamericana. Una cosa es acompañar una causa y otra muy distinta apropiarse de ella. Una cosa es defender principios y otra descubrir que esos principios pueden convertirse en una extraordinaria llave de acceso al poder.
APROPIARSE DE LA DESESPERACIÓN
En América Latina existen sociedades desesperadas por liberarse de gobiernos autoritarios, populistas o profundamente corruptos. Esa desesperación produce una enorme energía política, pero también una vulnerabilidad: cuando un pueblo necesita cambiar, puede dejar de preguntar con suficiente rigor quiénes están llegando para ayudarlo.
Ahí aparecen operadores internacionales que hablan de libertad, democracia y derrota del socialismo; construyen relaciones con candidatos, participan en campañas, se atribuyen victorias y consiguen lo verdaderamente importante: acceso al candidato, al presidente, al entorno, a la información y a las decisiones.
¿Vinieron a defender una causa o encontraron en la causa la puerta para hacer negocios con países desesperados por cambiar?
Si una ideología sirve solamente como pasaporte para acercarse al Estado, ya no estamos hablando de ideología. Estamos hablando de oportunismo político disfrazado de principios.
BOLIVIA NO PUEDE CONVERTIRSE EN EL BOTÍN
Qué desgracia que haya sido Bolivia.
Un país empobrecido, atravesado por una profunda crisis y por las consecuencias de casi dos décadas de hegemonía masista. Un país cuyo pueblo luchó demasiado para recuperar la posibilidad de construir algo diferente.
Qué desgracia que un país en esas condiciones pueda terminar convirtiéndose en el escenario donde operadores políticos encuentren poder, influencia y proximidad a los negocios del Estado. Los bolivianos no enfrentaron durante años al régimen de Evo Morales para cambiar simplemente los nombres de quienes se benefician del poder.
Frente a las gravísimas denuncias que hoy sacuden al poder boliviano, las preguntas deben ir más allá de Cerimedo: ¿quiénes facilitaron su llegada, quiénes hicieron negocios, quiénes se beneficiaron, quiénes sabían y quiénes protegieron?
Porque para saquear un Estado no basta un operador extranjero. Se necesitan socios dentro del país.
ESO NO ES DERECHA
La derecha latinoamericana tiene una obligación moral: no esconderse, no guardar silencio y no proteger a nadie simplemente porque alguna vez estuvo del mismo lado de una batalla política.
No basta declararse enemigo del socialismo para ser decente. La derecha democrática significa instituciones, legalidad, propiedad privada, responsabilidad fiscal, transparencia, respeto al dinero de los ciudadanos y, sobre todo, límites al poder.
La corrupción no se vuelve honorable porque venga envuelta en una bandera de derecha.
Utilizar la desesperación de un pueblo para acceder al Estado y después servirse de él sería exactamente lo contrario de aquello que la derecha dice defender. Quien utiliza la libertad como una marca política mientras busca beneficios alrededor del poder no fortalece a la derecha: la destruye moralmente.
Cuando un personaje asociado a la derecha termina cuestionado, la izquierda intenta convertir su conducta en una condena contra toda la derecha. Es una trampa. Un corrupto no representa una ideología; representa sus propios intereses. Por eso una derecha democrática no debería protegerlo, sino establecer una frontera moral clara entre quienes defienden principios y quienes los utilizan.
EL NEGOCIO DEL PODER
Fernando Cerimedo ya no debería ser el centro exclusivo de esta historia. El verdadero centro debería ser la estructura que hizo posible su llegada al poder boliviano: quién lo llevó, quién lo presentó, quién lo respaldó, quién hizo negocios con él, quién se benefició de su influencia y quién decidió mirar hacia otro lado.
Bolivia merece conocer esas respuestas. Ya fue saqueada demasiado. Los bolivianos no lucharon durante años contra el abuso, la corrupción y la concentración del poder del régimen de Evo Morales para que otros terminaran apropiándose de aquella victoria.
Los pueblos libran las batallas. Los pueblos ponen el sacrificio. Los pueblos pagan las consecuencias.
Los operadores llegan después. Y ningún operador tiene derecho a apropiarse de una victoria que no le pertenece para convertir un país en su oportunidad de negocios, mucho menos utilizando como coartada los principios de una derecha que debería representar exactamente lo contrario.
Porque eso no es derecha. Eso es el negocio del poder.
Roxana Lizárraga Vera, Periodista, abogada boliviana en el exilio








