Por: Andrés Gómez Vela
Eran los últimos días de un ciclo de 20 años de masismo. El epílogo de una pésima obra política. Al día siguiente juraría el nuevo Presidente.
—El Rodrigo es parte de una verdadera dinastía —me dijo una amiga muy apreciada, durante una de esas charlas ocasionales.
—¿De cuál, pues? —pinché, sabiendo qué me iba a responder.
—De la dinastía Paz. Es hijo de un Paz y nieto de otro Paz, ambos expresidentes. Pertenece a una de las familias con mayor peso en la historia política del país —me explicó.
Sus palabras sonaban a esperanza. Transmitían admiración. Traslucían una confianza casi excesiva. En su mirada había identificación. Algo parecido a: después de dos décadas, volveré a tener un presidente que se parece a mí y a mi familia.
Interpreté aquella conversación en el contexto social de mi amiga. Su comentario comunicaba pertenencia y sugería que esa condición —el apellido, la familia, la trayectoria— podía ser suficiente para enfrentar la tremenda crisis que Bolivia heredaba del masismo.
Algunos medios contribuyeron a esa expectativa. Trataron al nuevo Presidente como una celebridad antes de que pudiera demostrar resultados. El poder, además, suele construir una atmósfera particular alrededor de quien lo ejerce. Los elogios sustituyen a las preguntas, los amigos a los críticos y la confianza personal empieza a confundirse con capacidad de gobierno.
Pero una victoria electoral inesperada no equivale, por sí misma, a demostrar capacidad. Tampoco un apellido transmite, por herencia, talento para gobernar.
La realidad no tardaría en demostrarlo.
Para sostener la imagen de que había llegado a la Presidencia por sus méritos, el nuevo mandatario construyó su propio relato y, en esa tarea, involucró incluso a su hija. Se rodeó, además, de personas de confianza. Y cuando un gobernante se rodea principalmente de amigos y fieles, aparece un riesgo conocido: que quienes deberían decirle la verdad terminen diciéndole aquello que quiere escuchar. Entonces, las críticas comienzan a parecer ataques; las advertencias, envidia; y los cuestionamientos, traición.
Nueve meses después, la realidad fue implacable. Demostró que pertenecer a una “dinastía” no dota automáticamente de capacidad ni de visión. Y fue tan implacable que ahora personas del mismo espacio social que depositaron su esperanza en el nuevo gobierno comenzaron a ponerle una marca.
El primero fue Samuel Doria Medina, quien respaldó a Rodrigo Paz desde el inicio de la segunda vuelta y puso a disposición del proyecto parte de su equipo económico. Meses después, ya estaba decepcionado.
“Le dije al Presidente que la corrupción iba muy rápido y la gestión lenta”, declaró en julio pasado.
La frase fue mucho más allá de su autor porque en política la comunicación no depende solamente de lo que se quiere decir, sino de lo que finalmente queda en la cabeza de la gente. Y el mensaje que quedó fue claro: corrupción e ineficiencia.
La acusación no apareció en el vacío. Antes y después de aquella declaración se acumularon escándalos que fueron alimentando esa percepción: el caso de las maletas, las cajas fuertes vinculadas al narcotraficante Sebastián Marset, el avión que se estrelló cargado de dinero, la «gasolina basura» y el caso de los casi 190 kilos de oro incautados en el aeropuerto de Viru Viru.
Después llegaron otros casos. Dos adquirieron particular fuerza por el contraste entre los datos conocidos. El ministro de Economía, José Gabriel Espinoza, había declarado ante la Contraloría un patrimonio de 392 bolivianos en noviembre de 2025 y, cinco meses después, se compró un Audi eléctrico por 350 mil bolivianos.
Algo parecido ocurrió con el gerente de la Caja Nacional de Salud, Wálter Hoyos. Una declaración patrimonial consignaba 1.063 bolivianos y posteriormente aparecieron reportes sobre más de 7 millones de bolivianos en sus cuentas.
La realidad no respeta dinastías. Y la crisis económica tampoco respeta apellidos.
En nueve meses, las interminables filas en los surtidores terminaron de completar la otra palabra: ineficiencia. La población no necesita un estudio académico para percibirla. La experimenta cuando pierde horas buscando combustible, cuando no sabe si encontrará gasolina o diésel y cuando despierta cada día sin saber qué problema tendrá que enfrentar.
La Cámara Agropecuaria del Oriente y la Cámara de Industria, Comercio, Servicios y Turismo de Santa Cruz, instituciones que apostaron por el Gobierno incluso antes de que llegara al Palacio, también remacharon esa percepción.
“El diagnóstico de esta crisis ya lo conocíamos todos hace más de nueve meses y los culpables también. Seguir repitiéndolo no cambia nada y ya no es excusa. Lo que falta no es información, lo que falta es velocidad”.
La fórmula política terminó siendo sencilla: lentitud = ineficiencia.
El sello conceptual lo puso H.C.F. Mansilla, uno de los intelectuales más sobresalientes de Bolivia, al describir la transición desde los 20 años de masismo hacia el nuevo poder. Su frase fue lapidaria: después de un gobierno “izquierdista, populista, extremadamente corrupto e ineficiente”, Bolivia tiene ahora un gobierno dirigido por “una élite de blancos extremadamente ineficientes en el plano técnico y extremadamente corruptos en el plano ético”.
Ahora, cuando mucha gente escucha “Gobierno de Rodrigo Paz”, las palabras que aparecen asociadas son corrupción e ineficiencia.
Hasta mi amiga está enojada. La «gasolina basura» afectó su vehículo y le agobia despertar cada día con la incertidumbre de tener que hacer fila en una gasolinera.
—Encima de ineptos, ladrones —me dijo la última vez que la vi.
Andrés Gómez Vela es Periodista, Analista y Abogado.








