Por: Edwin Cacho Herrera

La crisis política desatada por Evo Morales y sus seguidores inició el segundo mes con más puntos de bloqueo, buscando que el presidente Rodrigo Paz renuncie a su cargo y se convoque de inmediato a nuevas elecciones generales. Quiere volver al poder por las malas. El mandatario, que insistió en un diálogo no correspondido, dio un viraje en su discurso el lunes 1 de junio, día 32 de los bloqueos, y llamó a los bolivianos a mostrar “madurez democrática” para iniciar un momento de tregua destinado a la pacificación el país.

En política las percepciones son tan o más importantes que los hechos. El llamado presidencial a la reconciliación, tras más de un mes de sufrimiento, sobre todo en el departamento de La Paz, por falta de alimentos, medicamentos, combustibles y salidas claras a la crisis traerá consecuencias ambiguas para el gobierno de Paz. Todo dependerá de la manera en que sea recibida la pausa. Si es percibida por la gente como un paso hacia la pacificación nacional o como otra señal de debilidad estatal frente a la arremetida antidemocrática del evismo.

En el corto plazo, una tregua podría beneficiar a Paz y le permitiría aliviar la presión social derivada del desabastecimiento. La población, agotada por las filas, la escasez y la paralización económica, podría valorar cualquier medida que restablezca la normalidad. Además, el Gobierno ganaría tiempo para recomponer alianzas políticas, fortalecer su estrategia de seguridad ante la amenaza del crimen organizado y recuperar la iniciativa en la agenda pública.

Pero, el riesgo político es enorme. Si la tregua no está acompañada por acciones gubernamentales que anulen nítidamente la estrategia de bloqueo y, al contrario, el Gobierno termina negociando la pausa bajo presión, la mayoría de los bolivianos asumirá que los cercos criminales son mecanismos eficaces para doblegar al Estado. Sería un delicado precedente que perseguiría a Paz durante todo su mandato. De manera unilateral o conjunta, los sectores ya sabrían cómo apretar y arrancar beneficios y privilegios.

Después de varios intentos fallidos para salir de la crisis planteada Morales y el interés de salvar su pellejo, una vez más, el Gobierno parece entender que el largo feriado por Corpus Christi puede ser el escenario de la tregua no declarada, aunque los sectores en conflicto han dado reiteradas muestras de que no están obligados a corresponder luego de haber obtenido concesiones de parte de la estatalidad. No consiguieron su objetivo central de derrocar y abrir la puerta para el retorno del caudillo a la presidencia de Bolivia.

Y es precisamente ese elemento el que complejiza la abierta disputa por el poder. Diversas declaraciones públicas de Morales y sus seguidores exigen explícitamente la salida anticipada de Paz y la convocatoria a nuevas elecciones generales. En ese contexto, una tregua que no implique el abandono del objetivo estratégico del evismo podría convertirla en una simple pausa táctica antes de una nueva ofensiva política, tal como ocurrió en el segundo gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada y de su sucesor Carlos Mesa, para mencionar un par de ejemplos de la historia reciente.

Si Morales mantiene intacta su capacidad de movilización, así se sienta acorralado por una eventual captura para enfrentar a la justicia, conserva sus estructuras territoriales y no renuncia a la estrategia de desgaste, el Gobierno podría encontrarse en semanas enfrentando una nueva oleada de bloqueos con una autoridad aún más erosionada. El mayor peligro no es la tregua en sí misma, sino confundir la suspensión temporal de las medidas de presión con la solución del conflicto.

Me imagino que estos escenarios y sus elementos han sido evaluados políticamente por el gobierno de Paz antes de mencionar la posibilidad de una tregua fruto de la paciencia y la madurez democráticas de los bolivianos. No considerar las consecuencias de nuevas banderas blancas solo para “comprar tiempo” y pensar que el conflicto ya es historia, es no haber comprendido que el modus operandi de la presión ejercida desde los caminos y las calles suele conseguir apoyo social, por las buenas o por las malas, para tumbar gobiernos.

Edwin Cacho Herrera Salinas es periodista y analista.